lunes, 15 de junio de 2009

El Gato de Casa

A continuación adjunto un pequeño artículo de la revista La Ilustración Española y Americana. En su boletín número 29 podemos hacernos una idea del concepto que se tenía en el año 1888 sobre el gato hogareño, sus funciones y beneficios para la la familia y la sociedad. El artículo se remata con una historia macabra y de misterio, muy del gusto de la época.


EL GATO DE CASA
Es como quien dice: una "persona" de la familia. Pregunten ustedes a los nenes, y se convencerán de que el minino es un ser importantísimo en la organización del hogar doméstico.
Para las mujeres, es la garantía contra los ratones, enemigos formidables, destructores de la casa y de la tranquilidad del país.
Para los niños, el gato es el amigo de confianza que se presta lo mismo a hacer de persona que de caballería para conducir algún muñeco en los lomos o para el arrastre de algún coche o carro de juguete.
Una vez es un caballero que invita a su amigo el niño de la casa, otra vez un parroquiano que va a la barbería para que le afeiten.
Si no fuera tan prudente como es, pudiera publicar secretos de sus amos y de los criados de sus amos.
Todo lo ve, pero hace como que no se entera.
Finge que se lava la cara, y se arregla para estar limpio y tratable, o se hace el dormido para oír las conversaciones de unos y de otros.
Conoce a sus amigos y a sus enemigos, y sabe perfectamente si la cocinera le tiene buena voluntad, o si puede esperar de ella un atentado.
Los niños tratan a los gatos así como a ellos les tratan sus padres.
- Estate quieto, Fulanito, que vas a tirar eso... que vas a caer.
- Estate quiero, minino, que te vas a lastimar.
Y les exigen palabra de gato o promesa formal de ser buenos en adelante para librarse del castigo.
Es indudable que el gato, a pesar de su vida arreglada y de su apariencia de infeliz, tiene algo de diabólico.
Cuando en la sombra ven el brillo de aquellos ojos que parecen dos luces fosfóricas o dos lámparas incandescentes, lo primero que se ocurre a los nenes es esta pregunta:
- ¿Qué llevará ese gato dentro?
Añadiendo a este fenómeno físico el de las descargas eléctricas. visibles también en la sombra, producidas por el frotamiento de un gato; y sumando las consejas que dan a los individuos de la raza felina caracteres sobrenaturales y misteriosos, no es extraño que el gato sea un personaje importantísimo en la familia.
"Un gato negro es animal de buen agüero".
Así lo afirma el vulgo.
"Para curarse las viruelas, no hay como pasarse un gato o una gata por la cara y por el cuerpo, aprovechando, por supuesto, el lado de las uñas del animal".
En la lotería por irradiación es infalible la influencia del gato para acertar el final que ha de salir premiado.
Se coloca encima de una mesa un gato y las diez bolas desde 1 hasta 0 inclusive; se echan a rodar las diez bolas, y la que persiga el gato, aquella es la terminación afortunada.
No divulguen ustedes esta receta, porque perjudicaría a la Hacienda y pudiera comprometerme.
El gato presta servicios importantísimos en algunos establecimientos comerciales y en varias oficinas del Estado.
En los primeros, para poner coto a la gula de los ratones; en las segundas, para mantener la integridad del archivo, comprometida por el engrudo, que tan apreciable golosina es para las ratas auténticas.
El gato es una necesidad casera.
Yo los miro con prevención.
He presenciado, o mejor dicho, he sido actor en un drama casi trágico, y el recuerdo no se borra de mi memoria.
Vivíamos en Calatayud, en la casa del Duende. Éramos forasteros y habíamos alquilado aquel edificio para vivir con independencia cuatro amigos con nuestros cuatro ordenanzas.
Una pobre mujer, con un hijo semitonto y una hija al poco más o menos, se encargó de cuidarnos.
- Han tenido ustedes mal gusto. nos dijo la patrona- en alquilar este casarón: tiene mala fama.
- ¿Por qué?
- Porque dicen que está embrujado: le llaman la "Casa del Duende".
Nos divirtió la advertencia de la patrona, advertencia que nos repitieron varios personas.
- ¡La casa del Duende!
- Es una diablura haberse metido en ella.
- Ha estado desalquilada desde que murió la señora que ocupaba el piso principal. De esto hace ya un siglo.
- ¿Vivía en esa casa una señora?...
- Hermosísima, viuda de un indiano y sola con una criada: y en el piso bajo un extranjero a quien la señora cedió esa parte de la casa por lástima. Allí vivió con su mujer y dos hijos, y ahí murieron todos: primeramente la señora, y luego el extranjero y los suyos: pero vamos, así, a modo de magia, y sin saberse siquiera que estuviesen enfermos.
- Luego, en las altas horas de la noche, no hay quien pueda descansar en esas habitaciones; tal es el ruido infernal que se oye.
Claro que no paramos mientes en tales consejas, y amueblamos la casa.
Tenía algo de sombrío y de triste, pero lo atribuimos a su situación en una plaza de escaso tránsito.
La primera noche pasó bien.
A la segunda empezaron los sobresaltos.
La patrona juraba haber oído y aún haber visto a su difunto, que era salmista de Jaca cuando andaba por el mundo.
Quedaron en la noche siguiente los ordenanzas en guardia.
Aquello fue una juerga diabólica. En el piso último, que era una especie de desván de la casa, parecía que rodaban trenes de artillería.
Cuando los ordenanzas penetraban sable en mano en el desván, todo quedaba en silencio, y solamente se veía la última cabriola de algún trasto viejo, que algunos había allí-
De los ordenanzas pasó la guardia a nosotros.
Desconfiábamos mutuamente , y ya no era posible vivir en la casa.
Pero una noche se aclaró el misterio y terminó la novela.
Había dado uno de los ordenanzas en perseguir un gato robusto que vió un día en la escalera.
El pícaro mozo se perecía por un buen arroz con maullidos, vamos, con gato.
Observó que penetraba en la casa por el tejado aquel animalito, y puso una trampa en cada boquete del desván.
Pocas horas después teníamos en nuestro poder a los criminales, que eran varios.
Seis gatos como seis borregos cayeron en las trampas.
¡Pobres animales!
¡Qué fin les dieron aquellos desalmados de ordenanzas!
Diversos guisos.
Desde entonces volvió la paz a la casa del Duende.
EDUARDO PALACIO.

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